Especial
de Pentecostés
Los Dones del Espíritu Santo
(El Espíritu Santo, la tercera persona de la
Santísima Trinidad, es Dios. Verdadero Dios como lo son el Padre y el Hijo. Es
el Amor del Padre y el Hijo).
“Al llegar el día de Pentecostés,
estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido
como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde se
encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y
se postraron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo
y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía
expresarse (Hech 2, 1-4).
Con
la fiesta de Pentecostés se
termina el tiempo pascual, para caer al tiempo ordinario. El Espíritu
Santo vino el día de Pentecostés y nunca se ausentará. Cincuenta días después
de la Pascua, el Domingo de Pentecostés, los Apóstoles fueron transformados de
hombres débiles y tímidos en valientes proclamadores de la fe; los necesitaba
Cristo para difundir su Evangelio por el mundo.
La
vida moral de los cristianos está sostenida por los dones del Espíritu Santo, estos
son disposiciones permanentes que hacen al hombre dócil para seguir los
impulsos del Espíritu Santo. Los siete dones del Espíritu Santo son:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de
Dios.
Los dones del Espíritu Santo son hábitos sobrenaturales infundidos por Dios en las
potencias del alma. Los dones los poseen en algún grado todas las almas en gracia. Los
cuales son incompatibles con el pecado mortal. Los 7 Dones
El día de Pentecostés
se cierra con la gran vigilia, en la cual se renuevan los dones del Espíritu
Santo.
Cortesía de
Georgina Hidalgo
Parroquia San
Francisco Xavier, Ciudad Sandino
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Sabiduría: gusto para lo espiritual,
capacidad de juzgar según la medida de Dios. El primero y mayor de los siete dones, la sabiduría
es a luz que se recibe de lo alto, es como una participación especial de un
conocimiento misterioso el cual es propio de Dios.
Inteligencia (Entendimiento): Es una gracia del Espíritu Santo para comprender.
la Palabra de Dios y
profundizarla.
La palabra
"inteligencia" deriva del latín intus legere, que significa "leer dentro", penetrar, comprender
a fondo. Mediante este don el Espíritu Santo, que "escruta las
profundidades de Dios" (1 Cor 2,10), comunica al creyente una chispa de
capacidad penetrante que le abre el corazón a la gozosa percepción del designio amoroso de Dios.
Consejo: Ilumina la conciencia en las opciones que la vida diaria le impone,
sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene más al alma.
El don de consejo
actúa como un soplo nuevo en la
conciencia, sugiriéndole lo que es lícito, lo que corresponde, lo que conviene
más al alma Por tanto, pidamos el don de consejo. Pidámoslo
para nosotros y, de modo particular, para los Pastores de la Iglesia, llamados
tan a menudo, en virtud de su deber, a tomar decisiones arduas y penosas.
Fortaleza: Fuerza sobrenatural que
sostiene la virtud moral de la fortaleza. Para obrar valerosamente lo que
Dios quiere de nosotros, y sobrellevar las contrariedades de la vida. Cabe
recalcar que la fortaleza en una virtud.
Fortaleza
como virtud.
El don de la
fortaleza es un impulso sobrenatural,
que da vigor al alma no solo en
momentos dramáticos como el del martirio, sino también en las habituales
condiciones de dificultad: en la lucha por permanecer coherentes con los
propios principios; en el soportar ofensas y ataques injustos; en la
perseverancia valiente, incluso entre incomprensiones y hostilidades, en el
camino de la verdad y de la honradez.
Ciencia: Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. El hombre, iluminado por el don de la ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa.
Ciencia: Nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. El hombre, iluminado por el don de la ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor Ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa.
Piedad: Sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para
con Dios como Padre y para con los hermanos como hijos del mismo Padre.
Clamar ¡Abba, Padre!
La ternura, como actitud
sinceramente filial para con Dios, se expresa en la oración. La experiencia de
la propia pobreza existencial, del vació que las cosas terrenas dejan en el
alma, suscita en el hombre la necesidad de recurrir a Dios para obtener gracia,
ayuda y perdón.
Temor de Dios: Espíritu contrito ante Dios, conscientes de las culpas y del castigo divino,
pero dentro de la fe en la misericordia divina. Temor a ofender a Dios,
humildemente reconociendo nuestra debilidad. Sobre todo: temor filial, que es
el amor de Dios: el alma se preocupa de no disgustar a Dios, amado como Padre,
de no ofenderlo en nada, de "permanecer" y de crecer en la caridad (cfr Jn 15, 4-7).
El Espíritu Santo guía al Papa, a los obispos y a
los presbíteros de la Iglesia en su tarea de enseñar la doctrina cristiana,
dirigir almas y dar al pueblo la gracia de Dios por medio de los Sacramentos.
Orienta toda la obra de Cristo en la Iglesia: solicitud por los enfermos,
enseñar a los niños, preparación de la juventud, consolar a los afligidos,
socorrer a los necesitados.

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